Me desperté gracias a la brillante luz del sol, la cual entraba por las diminutas rendijas de la ventana principal de mi habitación. Me levanté rápida, dispuesta a pasar otra vez el fin de semana con mi familia en la pequeña cabaña de mis abuelos, la cual estaba situada a casi 300 km de mi ciudad natal.
"Natalia, en media hora salimos, date prisa" dijo mi madre después de tocar a la puerta y entrar a la habitación.
Asentí con la cabeza mientras me dirigía hasta el armario, sacando de él unos vaqueros nuevos y aquella camiseta vieja que extrañamente me seguía sirviendo. Cuando acabé de vestirme salí de casa y me subí al coche, donde curiosamente ya estaban todos sentados.
"¿Preparados?" preguntó mi padre girándose hacia la parte de atrás del coche y mirándonos a cada uno.
"SI" gritó mi hermoso hermano pequeño desde su asiento.
Mi padre encendió el coche y comenzó a conducir entre la niebla de la mañana hasta llegar a una carretera secundaria que nos llevó por un pacífico y silencioso camino, ese que tanto me gustaba ver cada fin de semana. Los árboles verdes que había por el camino acompañados por la serena música que echaban en la radio hacían sentirme increíblemente feliz.